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Full text of "Por Qué La Guerra (Einstein y Freud)"

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¿Por qué la guerra? 
(Einstein y Freud) 
(1933 (1932) 


Nota introductoria 


Warum Krieg? 


Ediciones en alemán 


1933 París: Internationales Institut fúr Geistige Zusam- 
menarbeit (Vólkerbund) (Instituto Internacional 
de Cooperación Intelectual (Liga de las Naciones)), 
62 págs. (Carta de Einstein, págs. 11-21; carta de 
Freud, págs. 25-62.) 

1934 GS, 12, págs. 349-63. (Incluye un breve resumen 
de la carta de Einstein.) 

1950 GW, 16, págs. 13-27. (Reimpresión de lo anterior.) 

1974 SA, 9, págs. 271-86. (Incluye un breve resumen de 
la carta de Einstein.) 


Traducciones en castellano * 


1943 El porqué de la guerra. EA, 18, págs. 313-32. Tra- 
ducción de Ludovico Rosenthal. 

1954 Igual título. SR, 18, págs. 245-58. El mismo tra- 
ductor. 

1974 Igual título. BN (9 vols.), 8, págs. 3207-15. 


(Estas versiones castellanas no incluyen la carta de Ein- 
stein ni su resumen.) 


Esta carta de Freud fue publicada parcialmente en Psy- 
choanalytische Bewegung, 5 (1933), págs. 207-16. 

En 1931, la Comisión Permanente para la Literatura y 
las Artes, de la Liga de las Naciones, encargó al Instituto 
Internacional de Cooperación Intelectual que organizara un 
intercambio epistolar entre intelectuales representativos, 
«sobre temas escogidos para servir a los comunes intereses 
de la Liga de las Naciones y de la vida intelectual», y que 
diera a publicidad esas cartas en forma periódica. Una de 


* (Cf. la «Advertencia sobre la edición en castellano», supra, pág. 
xi yn. 6) 


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las primeras personalidades a las cuales se dirigió el Insti- 
tuto fue Einstein, y él mismo sugirió como interlocutor a 
Freud. En consecuencia, en junio de 1932 el secretario del 
Instituto le escribió a Freud invitándolo a participar y este 
aceptó de inmediato. La carta de Einstein llegó a sus manos 
a comienzos de agosto, y un mes más tarde tenía lista la 
respuesta. En marzo del año siguiente, el Instituto publicó 
esta correspondencia en París, en alemán, francés e inglés 
simultáneamente. No obstante, su circulación fue prohibida 
en Alemania. 

A Freud no le entusiasmó la tarea; en una carta a Eitingon 
informaba que «había terminado esa correspondencia te- 
diosa y estéril a la que se dio en llamar discusión con Ein- 
stein» (Jones, 1957, pág. 187). Freud y Einstein nunca 
intimaron entre sí y sólo se habían encontrado en una opor- 
tunidad, a comienzos de 1927, en la casa del hijo menor de 
Freud en Berlín. En una carta a Ferenczi, describiendo esa 
circunstancia decía Freud: «[ Einstein] entiende tanto de 
psicología como yo de física, de modo que tuvimos una 
conversación muy placentera» (ibid., pág. 139). Tntercam- 
biaron algunas cartas muy amistosas en 1936 y 1939 (ibid., 
págs. 217-8 y 259). 

Freud ya se había referido a la guerra en la sección inicial 
(«La desilusión provocada por la guerra») de su trabajo 
«De guerra y muerte. Temas de actualidad» (1915%), es- 
crito poco después de comenzar la Primera Guerra Mundial, 
Pero si bien algunas de las consideraciones del presente ar- 
tículo aparecen en el anterior, estas se vinculan más estre- 
chamente con las ideas manifestadas en sus recientes traba- 
jos sobre temas sociológicos: El porvenir de una ilusión 
(19270) y El malestar en la cultura (19304). Reviste es- 
pecial interés un cierto desarrollo que hace Freud en esta 
carta de su concepción de la cultura como «proceso», punto 
que ya había sido planteado en diversos lugares de El ma 
lestar en la cultura (cf., por ejemplo, AE, 21, págs. 95-6. y 
135 y sigs.).! Retoma asimismo el tema de la pulsión de des- 
trucción, al que había dedicado considerable espacio en los 
capítulos V y VI de ese libro y al que habría de volver en 
escritos posteriores. (Véase mi «Introducción» a El rmal- 
estar en la cultura, ibid., págs. 61-3.) 


Tames Strachey 
1 Véase también mi nota al pie en la última de las Nuevas con- 


ferencias de introducción al psicoamálisis (19334), supra, pág. 165, 
1. 14, y la que aparece ¡nfra, pág. 198. 


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Caputh, cerca de Potsdam, 30 de julio de 1932 * 


Estimado profesor Freud: 

La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto 
Internacional de Cooperación Intelectual en París para que 
invite a alguien, elegido por mí mismo, a un franco inter- 
cambio de ideas sobre cualquier problema que yo desee es- 
coger me brinda una muy grata oportunidad de debatir con 
usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, pa- 
rece el más imperioso de todos los problemas que la civili- 
zación debe enfrentar. El problema es este: ¿Hay algún ca- 
mino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? 
Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, 
este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte para la ci- 
vilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al em- 
peño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha 
terminado en un lamentable fracaso. 

Creo, además, que aquellos que tienen por deber abor- 
dar profesional y prácticamente el problema no hacen sino 
percatarse cada vez más de su impotencia para ello, y al- 
bergan ahora un intenso anhelo de conocer las opiniones de 
quienes, absorbidos en el quehacer científico, pueden ver los 
problemas del mundo con la perspectiva que la distancia 
ofrece. En lo que a mí atañe, el objetivo normal de mi pen- 
samiento no me hace penetrar las oscuridades de la voluntad 
y el sentimiento humanos. Así pues, en la indagación que 
ahora se nos ha propuesto, poco puedo hacer más allá de 
tratar de aclarar la cuestión y, despejando las soluciones más 
obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz de 
su vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre. Hay 
ciertos obstáculos psicológicos cuya presencia puede borrosa- 
mente vislumbrat un lego en las ciencias del alma, pero cu- 


* (Esta carta ha sido traducida de la versión inglesa que aparece 
en la Standard Edition, tomada de la edición del Instituto Inter- 
nacional de Cooperación Intelectual con autorización de los albaceas 
de Einstein.; 


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yas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de imaginar; es- 
toy seguro de que usted podrá sugerir métodos educativos, 
más o menos ajenos al ámbito de la política, para eliminar 
esos obstáculos. 

Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo per- 
sonalmente una manera simple de tratar el aspecto superfi- 
cial (o sea, administrativo) del problema: la creación, con 
el consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial 
para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las na- 
ciones. Cada nación debería avenirse a respetar las órdenes 
emanadas de este cuerpo legislativo, someter toda disputa 
a su decisión, aceptar sin reserva sus dictámenes y llevar a 
cabo cualquier medida que el tribunal estimare necesaria 
para la ejecución de sus decretos. Pero aquí, de entrada, me 
enfrento con una dificultad; un tribunal es una institución 
humana que, en la medida en que el poder que posee resul. 
ta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto 
más propenso a que estos últimos sean desvirtuados por 
presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos tener 
en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la 
mano, y las decisiones jurídicas se aproximan más a la jus- 
ticia ideal que demanda la comunidad (en cuyo nombre e 
interés se pronuncian dichos veredictos) en tanto y en cuan- 
to esta tenga un poder efectivo para exigir respeto a su ideal 
jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de poseer una 
organización supranacional competente para emitir veredic- 
tos de autoridad incontestable e imponer el acatamiento ab- 
soluto a la ejecución de estos. Me veo llevado, de tal modo, 
a mi primer axioma: el logro de seguridad internacional im- 
plica la renuncia incondicional, en una cierta medida, de 
todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, a su 
soberanía, y está claro fuera de toda duda que ningún otro 
camino puede conducir a esa seguridad. 

El escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente hones- 
tidad, todos los esfuerzos realizados en la última década para 
alcanzar esta meta no deja lugar a dudas de que hay en 
juego fuertes factores psicológicos, que paralizan tales es- 
fuerzos. No hay que andar mucho para descubrir algunos de 
esos factores. El afán de poder que caracteriza a la clase go- 
bernante de todas las naciones es hostil a cualquier limita- 
ción de la soberanía nacional. Este hambre de poder polí- 
tico suele medrar gracias a las actividades de otro grupo 
guiado por aspiraciones puramente mercenarias, económicas, 
Pienso especialmente en ese pequeño pero resuelto gtupo, 
activo en toda nación, compuesto de individuos que, indife- 
rentes a las consideraciones y moderaciones sociales, ven en 


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la guerra, en la fabricación y venta de armamentos, nada 
más que una ocasión para favorecer sus intereses particu- 
lares y extender su autoridad personal. 

Ahora bien, reconocer este hecho obvio no es sino el 
primer paso hacia una apreciación del actual estado de 
cosas. Otra cuestión se impone de inmediato: ¿Cómo es 
posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de sus 
ambiciones la voluntad de la mayoría, para la cual el estado 
de guerra representa pérdidas y sufrimientos? (Al referirme 
a la mayoría, no excluyo a los soldados de todo rango que 
han elegido la guerra como profesión en la creencia de que 
con su servicio defienden los más altos intereses de la raza, 
y de que el ataque es a menudo el mejor método de defen- 
sa.) Una respuesta evidente a esta pregunta parecería ser 
que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su in- 
fluencia las escuelas y la prensa, y por lo general también 
la Iglesia. Esto les permite organizar y gobernar las emocio- 
nes de las masas, y convertirlas en su instrumento. 

Sin embargo, ni aun esta respuesta proporciona una solu- 
ción completa. De ella surge esta otra pregunta: ¿Cómo es 
que estos procedimientos logran despertar en los hombres 
tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? 
Sólo hay una contestación posible: porque el hombre tiene 
dentro de sí un apetito de odio y destrucción. En épocas 
normales esta pasión existe en estado latente, y únicamente 
emerge en circunstancias inusuales; pero es relativamente 
sencillo ponerla en juego y exaltarla hasta el poder de una 
psicosis colectiva. Aquí radica, tal vez, el quid de todo el 
complejo de factores que estamos considerando, un enigma 
que el experto en el conocimiento de las pulsiones humanas 
puede resolver. 

Y así llegamos a nuestro último interrogante: ¿Es posible 
controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo 
a salvo de las psicosis del odio y la destructividad? En modo 
alguno pienso aquí solamente en las llamadas «masas ¡letra- 
das». La experiencia prueba que es más bien la llamada 
«intelectualidad» la más proclive a estas desastrosas suges- 
tiones colectivas, ya que el intelectual no tiene contacto 
directo con la vida al desnudo, sino que se topa con esta en 
su forma sintética más sencilla: sobre la página impresa. 

Para terminar: hasta ahora sólo me he referido a las gue- 
rras entre naciones, a lo que se conoce como conflictos in- 
ternacionales. Pero sé muy bien que la pulsión agresiva ope- 
ra bajo otras formas y en otras circunstancias. (Pienso en 
las guerras civiles, por ejemplo, que antaño se debían al 
fervor religioso, pero en nuestros días a factores sociales; o, 


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también, en la persecución de las minorías raciales.) No 
obstante, mi insistencia en la forma más típica, cruel y ex- 
travagante de conflicto entre los hombres ha sido delibera- 
da, pues en este caso tenemos la mejor oportunidad de des- 
cubrir la manera y los medios de tornar imposibles todos 
los conflictos armados. 

Sé que en sus escritos podemos hallar respuestas, explí- 
citas o tácitas, a todos los aspectos de este urgente y absor- 
bente problema. Pero sería para todos nosotros un gran 
servicio que usted expusiese el problema de la paz mundial 
a la luz de sus descubrimientos más recientes, porque es: 
exposición podría muy bien marcar el camino para nuevos 
y fructíferos modos de acción. 


Muy atentamente, 
Albert Einstein 


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Viena, setiembre de 1932 


Estimado profesor Einstein: 

Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme 
a un intercambio de ideas sobre un tema que le interesaba 
y que le parecía digno del interés de los demás, lo acepté 
de buen grado. Esperaba que escogería un problema situa- 
do en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada 
uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse 
una particular vía de acceso, de suerte que se encontraran 
en el mismo suelo viniendo de distintos lados. Luego me 
sorprendió usted con el problema planteado: qué puede 
hacerse para defender a los hombres de los estragos de la 
guerra. Primero me atetré bajo la impresión de mi —a pun- 
to estuve de decir «nuestra»— incompetencia, pues me 
pareció una tarea práctica que es resorte de los estadistas. 
Pero después comprendí que usted no me planteaba ese pro- 
blema como investigador de la naturaleza y físico, sino como 
un filántropo que respondía a las sugerencias de la Liga de 
las Naciones en una acción semejante a la de Fridtjof Nan- 
sen, el explorador del Polo, cuando asumió la tarea de 
prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo 
de la Guerra Mundial. Recapacité entonces, advirtiendo que 
no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas, sino sólo 
a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención 
de las guerras para un abordaje psicológico. 

Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su 
carta. Me ha ganado el rumbo de barlovento, por así decir, 
pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limi- 
taré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando 
exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -—o con- 
jeturar—. 


Comienza usted con el nexo entre detecho y poder. Es 
ciertamente el punto de partida correcto para nuestra in- 
dagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la palabra «poder» 


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por «violencia» [«Getwalt»), más dura y estridente? Dere- 
cho y violencia son hoy opuestos para nosotros. Es fácil 
mostrar que uno se desarrolló desde la otra, y si nos remon- 
tamos a los otígenes y pesquisamos cómo ocurrió eso la pri- 
mera vez, la solución nos cae sin trabajo en las manos. Pero 
discúlpeme si en lo que sigue cuento, como si fueran algo 
nuevo, cosas que todos saben y admiten; es la trabazón ar- 
gumental la que me fuerza a ello. 

Pues bien; los conflictos de intereses entre los hombres 
se zanjan en principio mediante la violencia. Así es en todo 
el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse; en 
su caso se suman todavía conflictos de opiniones, que al. 
canzan hasta el máximo grado de la abstracción y parecen 
requerir de otra técnica para resolverse. Pero esa es una 
complicación tardía. Al comienzo, en una pequeña horda* de 
seres humanos, era la fuerza muscular la que decidía a quién 
pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La 
fuerza muscular se vio pronto aumentada y sustituida por el 
uso de instrumentos: vence quien tiene las mejores atmas o 
las emplea con más destreza. Al introducirse las armas, ya 
la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuer- 
za muscular bruta; el propósito último de la lucha sigue 
siendo el mismo: una de las partes, por el daño que reciba 
o por la paralización de sus fuerzas, será constreñida a de- 
poner su reclamo o su antagonismo. Ello se conseguirá de la 
manera más radical cuando la violencia elimine duradera- 
mente al contrincante, o sea, cuando lo mate. Esto tiene la 
doble ventaja de impedir que reinicie otra vez su oposición 
y de que su destino hará que otros se arredren de seguir su 
ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una in- 
clinación pulsional que habremos de mencionar más adelan- 
te. Es posible que este propósito de matar se vea contrariado 
por la consideración de que puede utilizarse al enemigo en 
servicios provechosos si, amedrentado, se lo deja con vida. 
Entonces la violencia se contentará con someterlo en vez de 
matarlo. Es el comienzo del respeto pot la vida del enemigo, 
pero el triunfador tiene que contar en lo sucesivo con el 
acechante afán de venganza del vencido y así resignar una 
parte de su propia seguridad. 

He ahí, pues, el estado originario, el imperio del poder 
más grande, de la violencia bruta o apoyada en el intelecto. 
Sabemos que este régimen se modificó en el curso del desa- 
rrollo, cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero 


1 [Freud empleaba el término «horda» para designar un grupo 
humano pequeño. Cf. Tótem y tabá (1912-13), AE, 13, pág. 128.] 


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cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de 
que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la 
unión de varios débiles. «L'union fait la force». La violen- 
cia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos 
unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del 
único. Vemos que el derecho es el poder de una comunidad. 
Sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cual. 
quier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos 
medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, 
real y cfectivamente, en que ya no es la violencia de un 
individuo la que se impone, sino la de la comunidad. Ahora 
bien, para que se consume ese paso de la violencia al nuevo 
derecho es preciso que se cumpla una condición psicológica. 
- La unión de los muchos tiene que ser permanente, dura- 
dera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de 
combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doble- 
gamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría 
de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin 
término. La comunidad debe ser conservada de manera per- 
manente, debe organizatsc, promulgar ordenanzas, prevenir 
las sublevaciones temidas, estatuir Órganos que velen por la 
observancia de aquellas —de las leyes— y tengan a su car- 
go la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho. 
En la admisión de tal comunidad de intereses se establecen 
entre los miembros de un grupo de hombres unidos ciertas 
ligazones de sentimiento, ciertos sentimientos comunitarios 
en que estriba su genuina fortaleza. 


Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el do- 
blegamiento de la violencia mediante el recurso de trasferir 
el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada 
por ligazones de sentimiento entre sus miembros. Todo lo 
demás son aplicaciones de detalle y repeticiones. Las cir- 
cunstancias son simples mientras la comunidad se compone 
sólo de un número de individuos de igual potencia. Las le- 
yes de esa asociación determinan entonces la medida en que 
el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar 
su fuerza como violencia, a fin de que sea posible una con- 
vivencia segura. Peto semejante estado de reposo [Rubezu- 
stand) es concebible sólo en la teoría; en la realidad, la si- 
tuación se complica por el hecho de que la comunidad in- 
cluye desde el comienzo elementos de poder desigual, va- 
rones y mujeres, padres e hijos, y pronto, a consecuencia de 
la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos, que se 
trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la 


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comunidad se convierte en la expresión de las desiguales re- 
laciones de poder que imperan en su seno; las leyes son 
hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los 
derechos concedidos a los sometidos. A partir de allí hay en 
la comunidad dos fuentes de movimiento en el derecho 
[Recbtsunrube), pero también de su desarrollo. En primer 
lugar, los intentos de ciertos individuos entre los domina- 
dores para elevarse por encima de todas las limitaciones vi- 
gentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho 
al de la violencia; y en segundo lugar, los cantinuos empeños 
de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconoci- 
dos esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al con- 
trario, de un derecho desparejo a la igualdad de derecho. 
Esta última cortiente se vuelve particularmente sustantiva 
cuando en el interior de la comunidad sobrevienen en efecto 
desplazamientos en las relaciones de poder, como puede su- 
ceder a consecuencia de variados factores históricos. El de- 
recho puede entonces adecuarse poco a poco a las nuevas 
relaciones de poder, o, lo que es más frecuente, si la clase 
dominante no está dispuesta a dar razón de ese cambio, se 
llega a la sublevación, la guerra civil, esto es, a una cance- 
lación temporaria del derecho y a nuevas confrontaciones de 
violencia tras cuyo desenlace se instituye un nuevo orden 
de derecho. Además, hay otra fuente de cambio del derecho, 
que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la modifica- 
ción cultural de los miembros de la comunidad; pero perte- 
nece a un contexto que sólo más tarde podrá tomarse en 
cuenta. [Cf. págs. 197-8.] 

Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho 
no fue posible evitar la tramitación violenta de los conflictos 
de intereses. Pero las relaciones de dependencia necesaria y 
de recíproca comunidad que derivan de la convivencia en un 
mismo territorio propician una terminación rápida de tales 
luchas, y bajo esas condiciones aumenta de continuo la pro- 
babilidad de soluciones pacíficas. Sin embargo, un vistazo 
a la historia humana nos muestra una serie incesante de 
conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre uni- 
dades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, 
pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la 
confrontación de fuerzas en la guerra. Tales guerras desem- 
bocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista 
de una de las partes. No es posible formular un juicio uni- 
tario sobte esas guerras de conquista. Muchas, como las de 
los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, 
por el contrario, contribuyeron a la trasmudación de violen- 
cia en derecho, pues produjeron unidades mayores dentro 


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de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y 
un nuevo otden de derecho zanjaba los conflictos. Así, las 
conquistas romanas trajeron la preciosa pax romana para 
los pueblos del Mediterráneo. El gusto de los reyes fran- 
ceses por el engrandecimiento creó una Francia floreciente, 
pacíficamente unida. Por paradójico que suene, habría que 
confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para 
establecer la anhelada paz «eterna», ya que es capaz de 
crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una 
poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores gue- 
rras. Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de 
la conquista no suelen ser duraderos; las unidades recién 
creadas vuelven a disolverse las más de las veces debido a la 
deficiente cohesión de la parte unida mediante la violencia. 
Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy unio- 
nes parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos 
suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la 
consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido 
que la humanidad permutara numerosas guetras pequeñas e 
incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más 
devastadoras. 

Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resul- 
tado que usted obtuvo por un camino más corto. Una pre- 
vención segura de las guerras sólo es posible si los hombres 
acuerdan la institución de una violencia central encargada 
de entender en todos los conflictos de intereses. Evidente- 
mente, se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una ins- 
tancia superior de esa índole y que se le otorgue el poder 
requetido. De nada valdría una cosa sin la otra. Ahora bien, 
la Liga de las Naciones se concibe como esa instancia, mas 
la otra condición no ha sido cumplida; ella no tiene un poder 
propio y sólo puede recibirlo si los miembros de la nueva 
unión, los diferentes Estados, se lo traspasan. Por el mo- 
mento parece haber pocas perspectivas de que ello ocurra. 
Pero se miraría incomprensivamente la institución de la 
Liga de las Naciones si no se supiera que estamos ante un 
ensayo pocas veces aventurado en la historia de la humani- 
dad —o nunca hecho antes en esa escala—. Es el intento 
de conquistar la autoridad —es decir, el influjo obligato- 
rio—, que de ordinario descansa en la posesión del poder, 
mediante la invocación de determinadas actitudes ideales. 
Hemos averiguado que son dos cosas las que mantienen 
cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia 
y las ligazones de sentimiento —técnicamente se las llama 
identificaciones— entre sus miembros. Ausente uno de esos 
factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comu- 


191 


nidad. Desde luego, aquellas ideas sólo alcanzan predica- 
mento cuando expresan importantes relaciones de comuni- 
dad entre los miembros. Gabe preguntar entonces por su 
fuerza. La historia enseña que de hecho han ejercido su 
efecto. Por ejemplo, la idea panbelénica, la conciencia de 
ser mejores que los bárbaros vecinos, que halló expresión 
tan vigorosa en las anfictionías, los oráculos y las olimpía- 
das, tuvo fuerza bastante para morigerar las costumbres 
guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue ca- 
paz de prevenir disputas bélicas entre las partículas del 
pueblo griego y ni siquiera para impedir que una ciudad o 
una liga de ciudades se aliara con el enemigo persa en detri- 
mento de otra ciudad rival. Tampoco el sentimiento de 
comunidad en el cristianismo, a pesar de que era bastante 
poderoso, logró evitar que pequeñas y grandes ciudades 
cristianas del Renacimiento se procuraran la ayuda del Sul- 
tán en sus guerras recíprocas. Y por lo demás, en nuestra 
época no existe una idea a la que pudiera conferirse seme- 
jante autoridad unificadora. Es harto evidente que los idea- 
les nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan 
a una acción contraria. Ciertas personas predicen que sólo 
el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá 
poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy 
lejos de esa meta y quizá se lo conseguiría sólo tras unas 
espantosas guerras civiles. Parece, pues, que el intento de 
sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está 
hoy condenado al fracaso. Se yerra en la cuenta si no se 
considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y 
todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia. 


Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se 
asombra de que resulte tan fácil entusiasmar a los hombres 
con la guerra y, conjetura, algo debe de moverlos, una pulsión 
a odiar y aniquilar, que transija con ese azuzamiento. Tam- 
bién en esto debo manifestarle mi total acuerdo. Creemos 
en la existencia de una pulsión de esa índole y justamente en 
los últimos años nos hemos empeñado en estudiar sus exte- 
riorizaciones. ¿Me autoriza a exponerle, con este motivo, 
una parte de la doctrina de las pulsiones a que hemos arri- 
bado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones? 

Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de 
dos clases: aquellas que quieren conservar y reunir —las lla- 
mamos etóticas, exactamente en el sentido de Eros en El 
banquete de Platón, o sexuales, con una conciente ampliación 
del concepto popular de sexualidad—, y otras que quieren 


192 


destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título 
de pulsión de agresión o de destrucción. Como usted ve, no 
es sino la trasfiguración teórica de la universalmente cono- 
cida oposición entre amor y odio; esta quizá mantenga un 
nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, 
que desempeña un papel en la disciplina de usted. Ahora 
permítame que no introduzca demasiado rápido las valora- 
ciones del bien y el mal. Cada una de estas pulsiones es tan 
indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y 
contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida. Parece 
que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases 
puede actuar aislada; siempre está conectada —decimos: 
aleada— con cierto monto de la otra parte, que modifica 
su meta o en ciertas circunstancias es condición indispen- 
sable para alcanzarla. Así, la pulsión de autoconservación 
es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella nece- 
sita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su 
propósito. De igual modo, la pulsión de amor dirigida a obje- 
tos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento 
si es que ha de tomar su objeto. La dificultad de aislar ambas 
variedades de pulsión en sus exteriorizaciones es lo que por 
tanto tiempo nos estorbó el discernirlas. 

Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las accio- 
nes humanas permiten entrever aún una complicación de 
otra índole. Ratísima vez la acción es obra de una única 
moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta 
de Eros y destrucción. En general confluyen para posibilitar 
la acción varios motivos edificados de esa misma manera. 
Ya lo sabía uno de sus colegas, un profesor Lichtenberg, 
quien en tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en 
Gotinga;? pero acaso fue más importante como psicólogo 
que como físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: 
«Los móviles (Bewegungsgriúnde) por los que uno hace algo 
podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la Rosa 
de los Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; 
por ejemplo, “pan-panfama” o “fama-famapan”». Entonces, 
cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que 
en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una 
serie de motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla 
en voz alta y otros que se callan. No tenemos ocasión de des- 
nudarlos todos. Por cierto que entre ellos se cuenta el placer 


2 [Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799) era uno de los au- 
tores favoritos de Freud. La analogía a la que aquí alude ya había 
sido citada por él en su libro sobre el chiste (1905c), AE, 8, pág. 81, 
en el cual se hallarán gran número de epigramas de Lichtenberg.] 


193 


de agredir y destruir; innumerables crueldades de la historia 
y de la vida cotidiana confirman su existencia y su intensidad. 
El entrelazamiento de esas aspiraciones destructivas con 
otras, eróticas e ideales, facilita desde luego su satisfacción. 
Muchas veces, cuando nos enteramos de los hechos crueles 
de la historia, tenemos la impresión de que los motivos 
ideales sólo sirvieron de pretexto a las apetencias destruc- 
tivas; y otras veces, por ejemplo ante las crueldades de la 
Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales 
se hubieran esforzado hacia adelante, hasta la conciencia, 
aportándoles los destructivos un refuerzo inconciente. Ambas 
cosas son posibles. 

Tengo reparos en abusar de su interés, que se dirige a la 
prevención de las guerras, no a nuestras teorías. Pero querría 
demorarme todavía un instante en nuestra pulsión de des- 
trucción, en modo alguno apreciada en toda su significati- 
vidad. Pues bien; con algún gasto de especulación hemos 
arribado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo 
ser vivo y se afana en producir su descomposición, en re- 
conducir la vida al estado de la materia inanimada. Mere- 
cería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte, 
mientras que las pulsiones eróticas representan [reprásen- 
tiereny los afanes de la vida. La pulsión de muerte deviene 
pulsión de destrucción cuando es dirigida hacia afuera, hacia 
los objetos, con ayuda de órganos particulares. El ser vivo 
preserva su propia vida destruyendo la ajena, por así decir. 
Empero, una porción de la pulsión de muerte permanece 
activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado deducir 
toda una seríe de fenómenos normales y patológicos de esta 
interiorización de la pulsión destructiva. Y hasta hemos co- 
metido la herejía de explicar la génesis de nuestra conciencia 
motal por esa vuelta de la agresión hacia adentro. Como 
usted habrá de advertir, en modo alguno será inocuo que 
ese proceso se consume en escala demasiado grande; ello es 
directamente nocivo, en tanto que la vuelta de esas fuerzas 
pulsionales hacia la destrucción en el mundo exterior aligera 
al ser vivo y no puede menos que ejercer un efecto benéfico 
sobre él. Sirva esto como disculpa biológica de todas las aspi- 
raciones odiosas y peligrosas contra las que combatimos. Es 
preciso admitir que están más próximas a la naturaleza que 
nuestra resistencia a ellas, para la cual debemos hallar toda- 
vía una explicación. Ácaso tenga usted la impresión de que 
nuestras teorías constituyen una suerte de mitología, y en 
tal caso ni siquiera una mitología alegre. Pero, ¿no desem- 
boca toda ciencia natural en una mitología de esta índole? 
¿Les va a ustedes de otro modo en la física hoy? 


194 


De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros 
fines inmediatos: no ofrece perspectiva ninguna pretender 
el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los hombres. 
Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde la natu- 
raleza brinda con prodigalidad al hombre todo cuanto le 
hace falta, existen estirpes cuya vida trascurre en la manse- 
dumbre y desconoce la compulsión y la agresión. Difícil 
me resulta creerlo, me gustaría averiguar más acerca de esos 
dichosos. También los bolcheviques esperan hacer desapa- 
recer la agresión entre los hombres asegurándoles la satis- 
facción de sus necesidades materiales y, en lo demás, esta- 
bleciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. 
Yo lo considero una ilusión. Por ahora ponen el máximo 
cuidado en su armamento, y el odio a los extraños no es el 
menos intenso de los motivos con que promueven la cohe- 
sión de sus seguidores. Es claro que, como usted mismo 
puntualiza, no se trata de eliminar por completo la inclina- 
ción de los hombres a agredir; puede intentarse desviatla lo 
bastante para que no deba encontrar su expresión en la 
guerra. 

Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos 
fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para com- 
batir la guerra, Si la aquiescencia a la guerra es un desborde 
de la pulsión de destrucción, lo natural será apelar a su 
contraria, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sen- 
timiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un 
efecto contrario a la guerra, Tales ligazones pueden ser de 
dos clases. En primer lugar, vínculos como los que se tienen 
con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El psico- 
análisis no tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí 
de amor, pues la religión dice lo propio: «Ama a tu prójimo 
como a ti mismo». Ahora bien, es fácil demandarlo, pero 
difícil cumplirlo.* La otra clase de ligazón de sentimiento 
es la que se produce por identificación. Todo lo que esta- 
blezca sustantivas relaciones de comunidad entre los hom- 
bres provocará esos sentimientos comunes, esas identificacio- 
nes. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la 
sociedad humana. 

Una queja de usted sobte el abuso de la autoridad [pág. 
185] me indica un segundo rumbo para la lucha indirecta 
contra la inclinación bélica. Es parte de la desigualdad innata 
y no eliminable entre los seres humanos que se separen en 
conductores y súbditos. Estos últimos constituyen la inmen- 


3 [Véase el examen de esta dificultad en El malestar en la cultura 
(19304), AE, 21, págs. 106 y sigs.] 


195 


sa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos 
unas decisiones que las más de las veces acatarán incondi- 
cionalmente. En este punto habría que intervenir; debería 
ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de 
un estamento superior de hombres de pensamiento autóno- 
mo, que no puedan ser amedrentados y luchen por la verdad, 
sobre quienes recaería la conducción de las masas heteróno- 
mas. No hace falta demostrar que los abusos de los poderes 
del Estado [Staatsgerwalty y la prohibición de pensar decre- 
tada por la Iglesia no favorecen una generación así. Lo ideal 
sería, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran 
sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón. Nin- 
guna otra cosa sería capaz de producir una unión más per- 
fecta y resistente entre los hombres, aun renunciando a las 
ligazones de sentimiento entre ellos.* Pero con muchísima 
probabilidad es una esperanza utópica. Las otras vías de 
estorbo indirecto de la guerra son por cierto más transita- 
bles, pero no prometen un éxito rápido, No se piensa de 
buena gana en molinos de tan lenta molienda que uno po- 
dría morirse de hambre antes de recibir la harina. 


Como usted ve, no se obtiene gran cosa pidiendo consejo 
sobte tareas prácticas urgentes al teórico alejado de la vida 
social. Lo mejor es empeñarse en cada caso por enfrentar 
el peligro con los medios que se tienen a mano. Sin embar- 
go, me gustaría tratar todavía un problema que usted no 
planteó en su carta y que me intetesa particularmente: ¿Por 
qué nos sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y 
tantos otros? ¿Por qué no la admitimos como una de las tan- 
tas penosas calamidades de la vida? Es que ella parece 
acorde a la naturaleza, bien fundada biológicamente y ape- 
nas evitable en la práctica. Que no le indigne a usted mi 
planteo. A los fines de una indagación como esta, acaso sea 
lícito ponerse la máscara de una superioridad que uno no 
posee realmente. La respuesta sería: porque todo hombre 
tiene derecho a su propia vida, porque la guerra aniquila 
promisorias vidas humanas, pone al individuo en situaciones 
indignas, lo compele a matar a otros, cosa que él no quiere, 
destruye preciosos valores materiales, productos del trabajo 
humano, y tantas cosas más. También, que la guerra en su 
forma actual ya no da oportunidad ninguna para cumplir 
el viejo ideal heroico, y que debido al perfeccionamiento de 


4 [Hay algunas consideraciones al respecto en la 35* de las Nuevas 
conferencias de introducción al psicoanálisis (19334), supra, pág. 158.] 


196 


los medios de destrucción una guerra futura significaría el 
exterminio de uno de los contendientes o de ambos. Todo 
eso es cierto y parece tan indiscutible que sólo cabe asom- 
brarse de que las guerras no se hayan desestimado ya por un 
convenio universal entre los hombres, Sin embargo, se puede 
poner en entredicho algunos de estos puntos. Es discutible 
que la comunidad no deba tener también un derecho sobre 
la vida del individuo; no es posible condenar todas las clases 
de guerra por igual; mientras existan reinos y naciones dis- 
puestos a la aniquilación despiadada de otros, estos tienen 
que estar armados para la guerra. Pero pasemos con rapidez 
sobre todo eso, no es la discusión a que usted me ha invi- 
tado. Apunto a algo diferente; creo que la principal razón 
por la cual nos sublevamos contra la guerra es que no pode- 
mos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque nos vemos pre- 
cisados a serlo por razones orgánicas. Después nos resultará 
fácil justificar nuestra actitud mediante argumentos. 

Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino 
lo siguiente: Desde épocas inmemoriales se desenvuelve en 
la humanidad el proceso del desarrollo de la cultura. (Sé que 
otros prefieren llamarla «civilización».)? Á este proceso de- 
bemos lo mejor que hemos llegado a ser y una buena parte 
de aquello a raíz de lo cual penamos. Sus ocasiones y comien- 
zos son oscuros, su desenlace incierto, algunos de sus carac- 
teres muy visibles. Acaso lleve a la extinción de la especie 
humana, pues perjudica la función sexual en más de una 
manera, y ya hoy las razas incultas y los estratos rezagados 
de la población se multiplican con mayor intensidad que 
los de elevada cultura. Quizás este proceso sea comparable 
con la domesticación de ciertas especies animales; es indu- 
dable que conlleva alteraciones corporales; pero el desarro- 
llo de la cultura como un proceso orgánico de esa índole no 
ha pasado a ser todavía una representación familiar. 6 Las al. 
teraciones psíquicas sobrevenidas con el proceso cultural son 
llamativas e indubitables. Consisten en un progresivo des- 
plazamiento de las metas pulsionales y en una limitación de las 
mociones pulsionales. Sensaciones placenteras para nuestros 
ancestros se han vuelto para nosotros indiferentes o aun inso- 
portables; el cambio de nuestros reclamos ideales éticos y esté- 
ticos reconoce fundamentos orgánicos. Entre los caracteres 
psicológicos de la cultura, dos parecen los más importantes: 


% [En El porvenir de una ilusión (1927c), AE, 21, pág. 6, Freud 
afirma categóricamente: «Omito diferenciar entre cultura y civili- 
zación». ] 

8 [Cf. mi «Nota introductoria», supra, pág. 182.1 


197 


el fortalecimiento del intelecto, que empieza a gobernar a la 
vida pulsional, y la interiorización de la inclinación a agre- 
dir, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. 
Ahora bien, la guerra contradice de la manera más flagrante 
las actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural, y 
por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa 
y llanamente no la soportamos más. La nuestra no es una 
mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los paci- 
fistas, una intolerancia constitucional, una idiosincrasia extre- 
ma, por así decir. Y hasta parece que los desmedros esté- 
ticos de la guerra no cuentan mucho menos para nuestra 
repulsa que sus crueldades. 

¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros 
también se vuelvan pacifistas? No es posible decirlo, pero 
acaso ño sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos 
factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia 
ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fín a las 
guerras en una época no lejana. Por qué caminos o rodeos, 
eso no podemos colegirlo. Entretanto tenemos derecho a 
decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura 
trabaja también contra la guerra. 


Saludo a usted cordialmente, y le pido me disculpe si mi 
exposición lo ha desilusionado. 


Sigmund Freud 


7 [Como se explica en una nota al pie de las Nuevas conferencias 
(19334), supra, pág. 165, m. 14, la noción de «proceso cultural» 
puede ser tastreada hasta las primeras épocas de Freud, quien siguió 
desarrollándola aun en trabajos posteriores a este. Con palabras algo 
distintas, ocupa un lugar destacado en el tercer ensayo de Moisés y 
lá religión monoteísta (19394), AE, 23, especialmente págs. 108-11. Las 
dos características principales que allí se atribuyen a dicho proceso 
(tal como lo ilustra la religión de Moisés, derivada de Amenofis) son 
las mismas que aquí se mencionan: el fortalecimiento de la actividad 
espiritual y la renuncia de lo pulsional.] 


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